Todo empezó en los túneles secretos de la antigua muralla de La Brecha que dan al río.
Cuenta la leyenda que allí vivía un alquimista musical. No tocaba, él solo escuchaba.
Cada noche recogía pacientemente las notas de jazz que se escapaban desde el puente del Kursaal y caían al agua: saxos distraídos, acordes rotos, silencios en bemol.
Y así, durante años, las fue guardando en conchas vacías e hilos de coral.
Hasta que una madrugada las fundió todas en una sola creación. Y nació de ellas un rostro negro, hecho únicamente de notas…
Una cara que suena a jazz si la miras.
Un alma vibrante, tejida con compases dorados y melodías naturales. El alquimista la colocó con cuidado dentro del cuerpo del erizo varado, devolviéndole así la vida.